Un domingo por París

Mi forma preferida de conocer una ciudad es caminándola. Adoro hacer largas caminatas para poder descubrir la mayor cantidad de cosas, y es que pienso que uno se pierde de mucho cuando está de arriba para abajo en transporte público. Debe ser por eso que me gusta, como en la vieja escuela, agarrar un mapa e ir por ahí buscando los nombres de cada calle. No me molesta si voy más lento o si me pierdo, de hecho, me encanta perderme, porque siempre acabo encontrando lugares que no imaginaba existían, o que no estaba buscando.

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Para entender a París hay que caminarla una y otra vez

Debe ser por eso, que la tercera vez que visité Paris, decidí que era necesario andarla a pie. Aunque por un momento lo dudé, pues la mañana que llegué a la ciudad, caminé desde la estación de buses hasta mi hotel y hacía demasiado frío, tanto, que cuando finalmente abrí la puerta de mi habitación, toda mi piel estaba morada. Creo que no estaba preparada para el frío del invierno parisino y si las temperaturas seguían así, mi plan de caminar quedaría totalmente olvidado.

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Los botes del río Sena nunca paran, no importa si hace frío

Pero el domingo cuando me levanté, hacía un día hermoso. No hacía calor, pero había bastante sol, así que decidí seguir con mi plan e irme a recorrer a pie la ciudad. Tomé mi desayuno en el hotel y antes de las 11 de la mañana ya estaba saliendo a redescubrir la la capital francesa. Desde Generator, que estaba un poco alejado del centro pero perfectamente conectado, subí al metro que me llevó hasta la Catedral de Notre-Dame, desde donde comencé mi recorrido.

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Notre-Dame se veía más bonita que nunca con la luz del sol

Cuando estuve en París ocho años atrás, pasé por la catedral pero no entré, así que esta vez tomé el tiempo para conocerla, aunque no con la calma que quería. Llegué alrededor de mediodía y a pesar de que había algo de gente en fila para entrar, todo fue muy rápido, en menos de cinco minutos ya estaba dentro. Eran las 12pm y el servicio de misa tomaba lugar justo en ese momento, así que entre tanta gente, la visita fue algo rápida.

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El problema de Francia es que uno quiere comer crepes a toda hora
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O algún plato que tenga mucho, pero mucho, queso

La amiga con quien había pasado el fin de semana, tenía su vuelo un poco después de salir del hotel, así que luego de nuestra fugaz visita a Notre-Dame, tuvimos que despedirnos. Recuerdo que cuando se marchó, tomé la vía que llevaba al Quartier Latino, pero no estoy muy segura de haberlo recorrido completo. Quizá pasé por alguna de sus calles, pero la verdad es que sentí caminar en círculos un par de veces y decidí continuar. Hubiese podido entrar en cada uno de los restaurantes que encontré en mis vueltas, pero el día se hubiese pasado solo allí, comiendo.

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Uno quiere entrar a todos los cafés de las pequeñas esquinas de París

Tengo la costumbre -no sé si buena o mala- de marcar los mapas con círculos, flechas y cuanta cosa se me ocurra, solo para decir que allí quiero ir , y esta vez quería ver cosas de París que antes había olvidado. Por eso me fui al Panteón, que estaba muy cerca del camino, y cuando me di cuenta de que había tomado la calle paralela, tuve que darle la vuelta a toda la manzana para poder verlo justo de frente.

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En París, apenas sale un rayo del sol, se llenan las bancas de los jardines

Unas cuadras después, me encontré con la Universidad Sorbonne, la más importante del país y una de las mejores a nivel mundial. Y aunque no es posible pasar, es fácil imaginar como sería por un día estar sentada en alguno de sus salones. De allí, aprovechando la cercanía, me fui caminando por el Boulevard Saint-Michel, hasta que llegué al Palacio de Luxemburgo. Nunca había escuchado de él antes, pero debo aceptar que lo mío con sus jardines fue amor a primera vista. Las sillas estaban llenas, aún cuando era invierno, pero es que ese día el sol brillaba y los parisinos saben aprovechar bien un poco de calor. 

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Solo imaginen cómo sonaba y se transportarán a París
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A mi no me gustan los macarons pero adoro sus colores

Yo sabía que al final de la tarde quería estar en Montmartre, así que había fijado en mi mapa la ruta que parecía llevarme sin perdida y cuando di la vuelta completa al palacio, decidí que era hora de seguir. Busqué la calle que me llevaría más rápido hasta el Museo de Louvre, que quizá era la más directa, pero en realidad, en el camino, encontré más de una distracción. No pude evitar frenar, cuando muy cerca de la Academia Francesa, encontré un grupo que tocaba en vivo en medio de la calle alguna tonada de esas que fácilmente asociamos con París; unos pasos después, en una esquina, un pequeño café me invitó a sentarme por algunos minutos y comer un croissant; y, por si fuera poco, unos metros más adelante, una tienda Ladurée hizo que me estacionara a ver los colores de sus vitrinas.

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No me gustan los museos así que siempre los veo desde afuera
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Hacía un poquito de sol y parecía que toda París estaba aprovechándolo

Cuando llegué al borde del río Sena, había pasado mucho más tiempo del que tenía en mente, pero bien que había valido la pena. Busqué el Pont du Carrousel, que lleva directo al Louvre, al que por cierto, nunca he entrado -pero es que tengo que aceptarlo, no soy una persona de museos y mis viajes me han enseñado que uno no está obligado a hacer eso que no quiere, cada quién puede vivir las ciudades a su manera y las obras de arte no son lo mío-. Pero bueno, buscaba el museo, porque sabía que al llegar hasta allí, podría cruzar el Jardin des Tuileres, que conecta con la Plaza de la Concorde, donde empiezan los Campos Eliseos. Para mí, esa es una de las vistas más bonitas de la ciudad. Allí se juntan los jardines, la rueda, la Torre Eiffel al fondo, y lo largo de los Campos Elíseos que parecen estar resguardados por el Arco de Triunfo.

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¿Y si caminamos los Campos Eliseos?
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La Madeleine está allí y yo siempre me quedo mirándola

Y aunque la vista es la más hermosa, en mis planes no estaba llegar a ninguno de estos sitios, debe ser por eso que disfruté tenerlos en una misma postal, sin tener que ir muy lejos. Unos pocos metros después, me encontraba de frente con la Madeleine, que no sé porqué, me deja siempre atontada. Caminé en círculos una vez más, buscando un tal “Fauchon” que nunca encontré. Y cuando me di por vencida, continué, en busca de Galerías Le Fayette, porque me debía ver una vez más esa cúpula de colores que deja a cualquiera maravillado. Pero solo eso, porque comprar algo allí, me habría dejado sin presupuesto para el resto del año.

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¿No se les viene a la cabeza la canción “Lady Marmalade”?

Parecía que el frío había desaparecido. Llevaba horas caminando y ni siquiera había notado alguna brisa, creo que de hecho, me quité la chaqueta un par de veces, y ya el día casi terminaba. Debían ser algo así como las cuatro y ya estaba muy cerca de Montmartre, el final de mi ruta. Creo, incluso, que no me di cuenta de en que momento llegué, porque de pronto me encontré parada frente a la cola de gente que buscaba entradas desesperadamente para el espectáculo en el Moulin Rouge, uno de los lugares más concurridos en las noches parisinas por miles de turistas.

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Las escaleras del SacréCœur siempre llenas de gente

Pero yo seguí de largo porque no quería ver a nadie bailar, solo quería llegar a lo más alto de la colina. El barrio de Montmartre es para mí, el lugar más encantador de la ciudad. Esas callecitas, empedradas y empinadas, tienen un no sé qué que hace que me quiera quedar por mucho rato dando vueltas. Las escaleras del SacréCœur parecen tener vida propia y el “barrio de los artistas” es todo un mundo dentro de París. Hacía casi 10 años había estado allí y nada había cambiado, los mismos restaurantes, los mismos pintores y las esquinas llenas de postales. Llegué antes del atardecer y cuando el reloj marcó las seis, al fondo de París, entre el cielo naranja y violeta, se iluminó la Torre Eiffel, y bastó eso para que yo diera por único mi domingo en París. No necesitaba más tiempo, en ese momento, ya estaba rendida de amor por París y sabía que siempre habrá una nueva oportunidad de volver.

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La fortuna de ver un atardecer en París
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