Volver al Caribe

Cuando salí de Venezuela hace más de un año lo hice sin fecha de retorno, sin ni siquiera una idea de cuándo pasaría a visitar, y en el momento en el que más comenzaba a extrañar el calor de este lado del mundo, todos mis planes se voltearon y cómo quien anhela lo imposible, un día cualquiera y sin previo aviso, compré un pasaje que me traería de nuevo a casa por un rato.

Porque pasa que uno extraña la sonrisa de su gente, los sabores de la comida de su tierra, los olores de aquí, los colores intensos y ese calor sabroso que nos acompaña en todo momento. Uno, que tuvo el privilegio de nacer en el Caribe, añora con locura volver al mar pero no a cualquiera. Porque quizás mi travesía por Europa me llevó al Mediterráneo, al Adriático, al Pacífico e incluso al mar Jónico, pero no, no hay nada como el Caribe.

Entonces yo, que tenía muchas ganas de volver a mi país aún cuando pasan muchas cosas a la vez, me alegré a morir cuando llegó el plan de conocer Cacaoní Lodge y pasar unos días en Choroní, y eso que yo había dicho que por esta vez, la costa de Aragua no entraba en mi itinerario. Pero así es la vida, nos sorprende de maneras que no tenemos planeadas en nuestra mente. Mi boleto de regreso al Caribe ya tenía fecha y yo no tuve ni que planearlo.

Fue como así, un lunes muy temprano, me encontré de nuevo con esas montañas que me alejan de todo y que al final se abren para mostrarme un mar de azules impredecibles. Si yo ya estaba feliz de estar en casa, esa mañana mi emoción no podía calcularse.

Para muchos, quienes viajamos vivimos en una vacación eterna, y no, aunque lo parezca, no pasa así. También corremos con el tiempo, cumplimos con compromisos, caminamos hasta el cansancio y pasamos muchos días sin dormir completo. Es por eso que, luego de cargar con mi mochila a cuestas durante más de tres meses, ir a Choroní no era solo reencontrarme con el Caribe sino también con el descanso y que mejor lugar para eso que Cacaoní Lodge.

Choroni_SilviaDubuc_1
Uno llega a entregarse al descanso

El sol picante de la costa me dijo que ya estaba allí y la guarapita de parchita que esperaba por mí al lado de la piscina me anunció que era momento de entregarme a la tranquilidad, y yo acepté. Una tumbona, un libro, un par de amigas para conversar y un paseo al puerto a la hora del atardecer, hicieron que mi semana empezará con creces, y solo fue mejorando.

Choroni_SilviaDubuc_2
En el camino siempre se encuentra gente buena

El jet-lag seguía haciendo desastres conmigo, aún cuando tenía dos semanas de haber regresado. Por eso al día siguiente amanecí –literalmente- en Playa Grande. Creo que ni siquiera yo misma era consciente de cuánto extrañaba estar aquí. No eran más de las siete de la mañana y mis pies ya tocaban la arena, el mar estaba calmado y la playa estaba tan sola que cualquiera pensaría que nadie llega allí; y yo que no pensaba entrar al agua, no sabía la necesidad que tenia de hacerlo hasta que ya estaba empapada de pies a cabeza.

Choroni_SilviaDubuc_9
Desde lejos los azules de Uricao parecían más intensos
Choroni_SilviaDubuc_3
Fruta fresca para alegrar el alma

Sí, quería mar y solamente mar. Lo bueno es que eso siempre estuvo en el plan. Esa mañana, luego de un buen desayuno, nos fuimos directo a Uricao, una de las playas cercanas a Choroní y en la que yo nunca había estado, porque lo de Playa Grande fue solo un saludo. No pasaba de las 11 de la mañana y ya estaba de nuevo en el mar, a unos 10 minutos de Puerto Colombia. Allí parecía que todo estaba listo esperándonos. “Toto”, uno de los muchachos de Cacaoní, pasaba de rato en rato y se aseguraba de que nada faltara. Nos llevó fruta fresca para bajar el calor y pescado frito a la hora del almuerzo, sin necesidad de movernos. Porque eso sí tienen en la posada, lo de consentirte en todo momento es su misión. Así se fueron las horas y yo no me moví mucho, solo miraba el mar. Cuando comenzó a agitarse, me di cuenta de que era hora de regresar.

Choroni_SilviaDubuc_10
Quedarse allí, sentado, pensando, o no tanto

Mi plan de descanso cambió un poco cuando escuché que existía la posibilidad de ir al Chorrerón de Chuao. Lo había intentado en mis dos visitas al pueblo y nunca lo había logrado, así que creí que la tercera sería la oportunidad perfecta. Por un día dejé el mar y me sumergí en el agua helada del río. El camino al Chorrerón es largo y consiste en cruzar 23 veces el río hasta llegar a la caída de agua –unas dos horas son necesarias para ir y un par más para volver, pero sin mucha dificultad-.

Choroni_SilviaDubuc_5
Postales de una mañana en Chuao

Antes de las nueve, ya estábamos en el pueblo e inmediatamente comenzamos a caminar. Tuvimos la suerte de que Argenis fuera nuestro guía, porque en el trayecto iba narrando historias que hasta hoy me siguen causando curiosidad –pero ese es otro cuento-. Lo cierto es que él era quien sabía el camino y aunque yo intenté llevar la cuenta de las veces que cruzamos el río, en algún momento perdí la suma. Solo sé que de pronto pareció como si la montaña se abriera y cuando me asomé allí estaba, sonaba fuerte y el agua llegaba a mi cara aún cuando estaba a metros de distancia. El agua helada me dejó entrar un par de veces, aunque yo solo quería estar allí quieta, sintiendo la tranquilidad infinita que se respira alrededor.

Llegar a Playa Grande y tenerla solo para tí
Llegar a Playa Grande y que sea solo para ti

Y si lo hubiese planeado quizás no hubiese sucedido. Pero en el último día de playa perdí la lancha, al parecer la única, que podía llevarme a Cepe o quizás Tuja, aún no estaba segura de cuál sería mi destino. Pero lo cierto es que terminé en Playa Grande, donde el agua parecía más azul que nunca, leyendo a la orilla del mar, recordando que buscaba calma.

Volver siempre, aunque sea por un rato

Así pasaron cinco días que no quería que acabaran. Me reencontré con las sonrisas y las ganas de la gente que trabaja fuerte para construir país cada día; baile tambores al frente de un sinfín de desconocidos; mojé mis pies cada mañana en el agua tibia del Caribe; me maravillé con la caída del Chorrerón; me llené de paz con tan solo caminar las calles de Chuao; probé sabores que pensé que nunca comería –o que ni siquiera conocía-; me bañé al aire libre y me fui de paseo por las calles de Choroní sin miedo. Fui feliz y no necesité mucho, solo volver al Caribe.

Anuncios

2 comentarios en “Volver al Caribe

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s