En Yapascua el Caribe es solo mío / In Yapascua the Caribbean is only mine

Cuando Adriana, Gustavo, Eduardo y yo comenzamos a planear un viaje juntos nuestra única y principal parada era Yapascua. Luego, por cosas del destino, La Ciénaga, en la costa de Aragua, fue incluida en el itinerario, y no nos arrepentimos. Pero debo aceptar que el motor principal de este paseo fue conocer Yapascua, la cual está ubicada en el Parque Nacional San Esteban, en el estado Carabobo, a unos 10 minutos en lancha de la Bahía de Patanemo.

Entonces luego de pasar el día en La Ciénaga, el lanchero que nos llevó por la mañana nos buscó para llevarnos hasta Yapascua, donde acamparíamos esa noche. Llegamos a eso de las cinco de la tarde, ya el sol bajaba y buscamos un sitio para acampar antes de que oscureciera. Una vez listas las carpas, aprovechamos para darnos un baño en un agua que estaba increíblemente tibia.

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Era mi primera vez acampando así que yo estaba en “modo reconocimiento”. Básicamente observaba qué hacer y qué no hacer. Esa noche cenamos y luego nos acostamos en la arena a observar las estrellas, no había que hablar ni pensar en nada, solo estar allí disfrutando de un cielo que brillaba.

Pero creo que antes de seguir contando debo volver un poco atrás. Nuestro afán por conocer Yapascua comenzó luego de ver muchas fotos de Eduardo y Gustavo, que ya habían estado allí, donde se veía que era un sitio maravilloso. Aguas claras en un espacio inmenso rodeado de imponentes montañas. Por ellos sabíamos que podíamos llegar hasta allí desde Patanemo y que existían dos maneras: caminando por las montañas, lo cual toma alrededor de una hora y media; o en lancha, desde la Bahía y en unos diez minutos se llega a Yapascua. Nuestra opción fue la segunda.

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Luego de ver fotografías tan hermosas y por ser mi primera visita tenía expectativas muy altas. Esa tarde llegamos asombrados luego de ver los azules de La Ciénaga a una playa con aguas algo oscuras, que decía muy poco y que estaba muy alejada de las fotografías. Por un momento sentí un poco de decepción. Aun así, con todo el espíritu viajero, el entusiasmo estaba intacto esperando lo que vendría al día siguiente y ¡qué bueno fue!

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La mañana del domingo estábamos despiertos a eso de las 4:30 am para ver el amanecer. Subimos a una de las montañas que rodean la playa y nos sentamos para ver salir el sol. En ese momento comencé a entender la magia del lugar. Mientras todo se empezaba a iluminar, el agua comenzaba a tornarse a colores claros que jugaban entre azules y verdes. Desde arriba lo único que deseaba era poder dar un salto para no esperar ni un segundo más y estar en el mar.

Yapascua_SilviaDubuc_6El agua en Yapascua es caliente, extrañamente caliente, pero de pronto una que otra corriente de agua muy fría te sorprende. Es diversa, en ciertas partes es profunda pero en otras se crean pequeñas piscinas de aguas transparentes que no llegan más arriba de la cintura.

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A eso de las seis de la mañana ya estábamos nadando como pecesitos en el agua, no había frío ni calor, la temperatura en ese momento era perfecta. De allí en adelante perdimos la noción del tiempo, salíamos del agua una que otra vez a comer algo y colocarnos protector. Las horas se pasaron volando mientras nos turnábamos el flotador que hizo que nuestro viaje fuese aún más feliz. De pronto el Caribe era solo nuestro y lo compartíamos con una que otra persona que también acampaba en la playa.

Luego de un rato largo, subimos una vez más a la montaña para apreciar el mar que con la luz de mediodía mostraba su mejor cara. Allí estaba la Yapascua de las fotos, inmensa entre las montañas, de aguas claras y casi virgen. En ese momento nuestra mayor felicidad era saber que unos minutos más tarde estaríamos de nuevo allí abajo, disfrutando de ese mar que era nuestro.

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Cuando llegó la hora de regresar ninguno quería hacerlo. Estábamos dejando el paraíso. Después de irnos, lo único que nos devolvió la felicidad fue el pescado frito con patacones y ensalada que “Gigi”, nuestra amiga en Patanemo, nos sirvió en “Chango”, su restaurante en la bahía.

Yapascua es el lugar perfecto para desconectarse totalmente del mundo. No hay señal de teléfono y lo mejor es dejar el reloj a un lado para perder la noción del tiempo. Es de fácil acceso y al ser poco concurrida es tranquila y sin bululú. Allí no hay ningún tipo de servicio por lo cual deben llevar con ustedes agua potable y comida para el tiempo que van a estar allí.

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—English—

When Adriana, Gustavo, Eduardo and I started planning a trip together our main and only stop was Yapascua. Then, La Ciénaga, on the coast of Aragua, was included in the itinerary, and we have no regrets. But I accept that the main driver of this trip was to explore Yapascua, which is located in the San Esteban National Park, in Carabobo state, about 10 minutes away by boat from Patanemo Bay.

So after spending the day in La Ciénaga, the boatman who took us in the morning, picked us up to bring us to Yapascua where we would camp that night. We arrived at about five in the afternoon as the sun was going down and we looked for a place to camp before dark. Once the tents were ready, we took a bath in a water that was incredibly warm.

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It was my first time camping, so I was in “recognition mode”. Basically I was watching what to do and what not to do. That night we had dinner and then we laid in the sand to watch the stars, there was no need to talk or think about anything, just be there enjoying a glittering sky.

But I think, before I continue, I have to go back a little. Our desire to discover Yapascua started after seeing many pictures of Eduardo and Gustavo, who had already been there, where you could tell it was a wonderful place. Clear waters surrounded by mountains. For them, we knew we could get there from Patanemo and that there were two ways: walking the mountains, which takes about an hour and a half; or by boat from the bay and in about 10 minutes you would be in Yapascua. Our choice was the second.

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After seeing such beautiful photographs and for being my first visit I had very high expectations. That afternoon, we were amazed after seeing the blue of La Cienega and we arrived to a beach with some dark waters that say very little and that was far from the photographs. For a moment, I felt a little disappointment. Still, with all the traveling spirit, enthusiasm was intact waiting for what was going to come the next day and how good it was!

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That Sunday morning we were awake around 4:30 am to see the sunrise. We climbed one of the mountains that surround the beach and sat down to watch the sun come out. At that time I began to understand the magic of the place. As the sun began to illuminate the water began to turn to lighter colors that were between blue and green. From above, all I wanted was to take a leap and not to wait any longer to be in the sea.

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The water is warm in Yapascua, strangely warm, but then an occasional stream of very cold water surprises you. It is diverse; in parts it is deep but in other parts there are small pools of clear waters that get below the waist.

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Around six o’clock in the morning we were already at the water, and it was not cold nor hot, the temperature was perfect. Thereafter we lost track of time, we left the water once in a while to eat something and put on some sun protector. The hours flew by as we took turns on the float that made our trip even happier. Suddenly the Caribbean was just for us and we shared it just with some other people that also camped on the beach.

After a long while, we went again to the mountain to see the sea from above, which with the light of noon showed his best side. There was the Yapascua I have seen on photos. Immense between the mountains, clear water and unspoiled. At that time our greatest joy was that we knew that in a few minutes later we would be back down there, enjoying the sea that was ours.

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When the time to go back came no one wanted to return. We were leaving paradise. After we left, the only thing that gave us back our happiness was the fried fish with plantains and salad that “Gigi”, our friend in Patanemo, served us in “Chango”, her restaurant on the bay.

Yapascua is the perfect place to be totally disconnected from the world. No phone signal and the best is to leave aside the clock to lose track of time. It is easily accessible, however, not much people go there so is very quiet. There is no type of service for which you must carry with drinking water and food for the time you will be there.

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